Antes uno decía “no sé” y quedaba como una persona honrada. Ahora dice “es cuántico” y cobra entrada. Cuántico es la palabra que ciertos gurús usan cuando la frase se les queda corta, la evidencia no aparece y el PowerPoint necesita una cortina de humo con olor a vela cara.

La física cuántica real es una rama durísima de la ciencia, con matemáticas, experimentos, décadas de discusión y gente que ha pasado la vida mirando partículas como quien mira una olla esperando que confiese. Lo otro, el “curso cuántico para atraer clientes mientras duermes”, es la vieja venta de promesas con bata prestada.

La palabra funciona porque casi nadie quiere admitir que no la entiende. Y está bien no entenderla: tampoco uno entiende cómo funciona el páncreas y no por eso abre una academia de insulina espiritual. El problema aparece cuando la ignorancia se disfraza de profundidad y empieza a cobrar mensualidad.

De pronto todo vibra, todo colapsa, todo manifiesta, todo se entrelaza con tu abundancia y tu ex. Uno escucha esas frases y siente que Schrödinger no encerró un gato: encerró el sentido común y alguien perdió la llave en una masterclass.

La física cuántica sí ha cambiado el mundo. Está detrás de tecnologías reales, mediciones finas, investigaciones de frontera y debates que no se resuelven con música relajante. Por eso da fastidio verla convertida en etiqueta para vender pulseras, decretos y retiros donde el único fenómeno observable es la desaparición del dinero.

No todo lo raro es sabiduría. A veces lo raro es simplemente raro. Y si un vendedor no puede explicar lo que ofrece sin esconderse detrás de palabras enormes, quizá no estamos ante un visionario sino ante un señor con WiFi, Canva y demasiada confianza.

Primera regla: si alguien usa “cuántico” para hablar de emociones, prosperidad o estrategia de ventas, pida definición. Segunda regla: si la definición incluye “energía” siete veces y ningún ejemplo verificable, agarre su cartera. Tercera regla: si le prometen transformar su vida en tres sesiones, recuerde que ni arreglar una gotera se logra con tanta facilidad.

La ciencia no se ofende porque usted pregunte. El vendedor de humo sí. Ahí está la diferencia. En mis tiempos al que adornaba demasiado una mentira le decían embustero con vocabulario. Hoy le dicen mentor cuántico y le ponen luces moradas.