Hay que decirlo antes de que salga el comité de malentendidos con antorchas reciclables: que una serie tenga personajes gays, lesbianas, bisexuales o trans no es el problema. La gente existe. Fin del comunicado. El problema es otra cosa: cuando esos personajes aparecen como requisito de auditoría, sin alma, sin contradicción, sin chiste, sin deseo propio, como si el guionista hubiese marcado una casilla y se hubiera ido a almorzar.

La televisión siempre ha tenido fórmulas. Antes el policía divorciado, el jefe gruñón, la vecina metiche y el villano con bigote. Ahora muchas series cambiaron el bigote por una reunión de diversidad mal digerida. El resultado no es justicia narrativa: es una planilla con música de suspenso.

Un buen personaje no entra a escena cargando su etiqueta como si fuera gafete de conferencia. Entra con hambre, miedo, deseo, contradicciones y mala memoria, como todos. Si su única función es recordarle al espectador que la plataforma es moderna, entonces no hay representación: hay decoración moral.

Lo irónico es que esa torpeza termina fastidiando a todos. Fastidia a quien quiere historias bien hechas. Fastidia a quien sí desea verse representado con dignidad. Y fastidia al viejo amargado que solo quería ver una serie de detectives sin que cada diálogo sonara a capacitación obligatoria del martes.

Las audiencias notan cuando una historia respira y cuando una historia pide permiso al departamento de reputación. Notan cuando un personaje está ahí porque la trama lo necesita y cuando está ahí porque alguien temió un hilo de quejas. Esa diferencia se siente. No hace falta doctorado, basta haber visto televisión sin el teléfono en la mano, proeza casi olímpica hoy en día.

El problema de lo políticamente correcto no es la cortesía. La cortesía está bien; evita discusiones inútiles y cenas de Navidad con ambulancia emocional. El problema es el miedo creativo. Cuando una serie escribe con miedo, todos hablan como comunicado de empresa y nadie parece capaz de decir una barbaridad humana, de esas que revelan carácter.

La solución no es sacar personajes. Es escribirlos mejor. Que tengan virtudes, defectos, egoísmo, generosidad, contradicción y hasta mal gusto. Que puedan equivocarse sin que el universo narrativo pida disculpas. Que sean personas, no vitrinas.

En mis tiempos una serie mala era mala y punto. Ahora una serie mala puede venir escoltada por un discurso noble, y eso la vuelve más difícil de criticar sin que aparezca alguien con cara de fiscal. Pero no nos confundamos: una causa justa no convierte un guion flojo en obra maestra. Solo lo vuelve un guion flojo con guardaespaldas.