Hay algo admirable y un poco triste en ver cómo la cocina se convirtió en un deporte de resistencia emocional. Antes la gente preparaba un guiso para que alcanzara la semana; ahora se pone delantal, prende cámaras y se somete a una mirada que parece diseñada por alguien que desayuna presión arterial alta. MasterChef Celebrity Streaming, en su episodio 26, sigue orbitando alrededor de esa idea tan contemporánea: hacer de la comida un drama de horario estelar, como si unas papas mal cortadas pudieran explicar el estado del país.
Lo publicado por unitel.bo deja ver que el programa sigue vivo en esa zona rara donde el entretenimiento y la ansiedad comparten mesa. No es solo la competencia culinaria, que ya de por sí tiene su dosis de vanidad y sudor; es el ritual de convertir cada plato en una especie de juicio final con música de fondo. Uno mira estas cosas y piensa que la civilización avanzó muchísimo, sí, pero para terminar aplaudiendo a adultos nerviosos mientras intentan que una salsa no se les rompa. Progreso, le dicen.
Y sin embargo, ahí está el gancho. Porque el público no busca necesariamente recetas. Busca ver quién se descompone, quién se salva por milímetros, quién descubre que cocinar bajo presión es menos glamour y más trabajo de albañil con iluminación bonita. En la televisión actual, la competencia ya no consiste en demostrar talento, sino en aguantar el ridículo con cierta dignidad. El que conserva el aplomo gana puntos; el que se acelera demasiado termina entregando un plato y, de paso, un pequeño estudio de carácter humano. Qué terapia tan cara.
La celebridad, además, añade una capa deliciosa de contradicción. Gente acostumbrada a ser mirada ahora tiene que hacer algo útil frente a la cámara. No basta con posar, opinar o sonreír en la alfombra roja inexistente de la vida cotidiana. Aquí toca picar cebolla, administrar tiempos y aceptar que el fuego no negocia con la fama. En mis tiempos, eso se resolvía con una chancla metafórica: o haces bien el trabajo o te comes el regaño. Hoy se resuelve con edición ágil, tensión musical y un jurado que sabe administrar la pena ajena como si fuera reducción de vino.
Lo gracioso de estos formatos es que prometen cercanía, pero lo que ofrecen es una fábrica elegante de nervios. El espectador mira desde su casa, cómodo, con la nevera a dos pasos, mientras en pantalla alguien se juega la reputación con un postre que parece sencillo hasta que no lo es. Esa distancia es el verdadero motor del show. Nos gusta ver el caos, pero con control remoto. Queremos autenticidad, sí, aunque filtrada por luces suaves y por la seguridad de que al final todo seguirá siendo televisión, esa gran máquina de fingir que el desorden tiene estructura.
También hay algo muy humano en esta obsesión por medir el valor de una persona a través de una cocina. Como si cortar bien una zanahoria pudiera revelar el alma, como si un emplatado exitoso volviera noble a cualquiera, como si el fracaso culinario fuese una tragedia moral. No lo es. Es solo televisión. Pero la televisión lleva décadas haciéndose pasar por espejo y termómetro, y nosotros seguimos entrando al juego porque, seamos honestos, ver a otros resolver un problema bajo presión calma un poco nuestros propios desórdenes. O los distrae. Que ya es bastante.
MasterChef Celebrity Streaming funciona precisamente porque convierte lo cotidiano en ceremonia y la ceremonia en comedia involuntaria. El episodio 26, según la referencia difundida por unitel.bo, se suma a esa tradición de hacer mucho con algo tan simple como cocinar. No hace falta inventar más. Basta con observar cómo el programa exprime la tensión hasta que un simple plato parece una declaración de principios. A veces sale bien; a veces no tanto; casi siempre sale televisión, que es una forma muy refinada de sobrevivir al vacío con buena iluminación.
Al final, uno se queda con la impresión de que el verdadero ingrediente secreto no es la técnica, ni la pasión, ni la disciplina. Es la capacidad de aguantar el circo sin que se note demasiado el cansancio. Y eso, tristemente, no solo sirve para cocinar. Sirve para trabajar, para vivir, para fingir interés en reuniones interminables y para seguir adelante cuando el mundo insiste en pedirte espectáculo a cambio de cualquier cosa. La cocina, al menos, tiene la decencia de oler bien mientras te exprime. Arturo Isturiz.



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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