Hay una edad en la vida en la que uno prende la televisión, ve a Bad Bunny con lentes, luces, bailarines, bajos que parecen mover los muebles y una seguridad escénica que debería pagar impuesto, y piensa: bueno, señores, aquí fue. No porque el muchacho sea literalmente el anticristo, que bastante trabajo debe tener el anticristo para encima aprenderse una gira, sino porque la actualidad ya viene con demasiado humo, demasiada bocina y demasiada gente convencida de que gritar con autotune es una forma superior de civilización.
Yo no soy teólogo, gracias a Dios y al recibo de la luz. Pero uno creció oyendo del Apocalipsis, de sellos, trompetas, bestias y señales en el cielo, y ahora resulta que las señales vienen con coreografía, vestuario de pasarela rara y un beat que hace vibrar hasta el florero de la tía. Antes el fin del mundo olía a azufre. Ahora huele a backstage, patrocinio, glitter y un community manager diciendo que todo fue histórico.
Bad Bunny es, para cierta generación, el síntoma perfecto de que el mundo se fue por una escalera que nadie autorizó. Canta en español, mezcla ritmos, se viste como si hubiera perdido una apuesta con el ropero de una nave espacial, habla de Puerto Rico, incomoda a los que quieren una cultura pop planchadita y encima llena estadios. Para el joven promedio eso es identidad, performance y negocio global. Para el viejo amargado es el jinete del Apocalipsis llegando en tenis caros y preguntando dónde está el camerino.
Después del Super Bowl, según reportes de medios que revisaron quejas ante la FCC, hubo gente molesta por el espectáculo, por el idioma, por el tono, por la sensualidad y quizá por el hecho insoportable de que el presente no les pidió permiso. La FCC también había concluido antes que la presentación no violó sus normas de decencia. Pero eso no detiene la sobremesa: si no entiendo la letra, debe ser amenaza; si no reconozco el peinado, debe ser decadencia; si el artista no parece salido de mi juventud, entonces apague y vámonos que esto ya es Babilonia con luces LED.
La parte más sabrosa del asunto es que el personaje parece diseñado para que los señores frunzan el ceño. La ropa no obedece. La voz no pide perdón. El ritmo no toca la puerta. Las canciones no vienen a pedirle permiso al bolero, al rock ni al señor que todavía cree que el Walkman era suficiente tecnología para una vida digna. Todo entra de golpe, como una estampida de notificaciones. Uno quiere llamar al orden y el orden está bailando en primera fila.
Y sí, a este viejo no le entra Bad Bunny. No me entra el trap como género, no me entra ese fraseo que parece dicho desde un sofá a las tres de la mañana, no me entra la estética de “me vestí con lo primero que encontró un cometa”. Pero una cosa es que a uno no le guste y otra convertir cada cosa que le irrita en juicio final. Si el Libro del Apocalipsis hubiera sido escrito hoy, seguro alguien diría que el primer sello se abrió cuando un artista salió con gafas raras y medio internet gritó: “se acabó la familia”.
Lo que sí hay detrás del ruido es una pelea cultural real. Bad Bunny representa el fin de un mundo específico: ese donde la cultura latina debía aparecer domesticada, subtitulada, agradecida y sin ocupar demasiado espacio. Él llega, hace bulla, mete referencias boricuas, mezcla fiesta con política y deja a medio planeta preguntando si eso era música, mensaje, provocación o una licuadora prendida dentro de una iglesia abandonada. No es el anticristo; para algunos es peor: no se deja explicar fácil.
También hay mercadeo, claro. No nos hagamos los santos. La industria sabe vender rebeldía en envase premium y cobrarla por boleto, camiseta y experiencia VIP. A veces la provocación es arte, a veces es estrategia, y a veces es un señor de marketing con café frío diciendo “esto va a explotar en redes”. La diferencia ya casi no importa porque el algoritmo no distingue entre escándalo, crítica y berrinche: todo lo mastica igual y lo escupe como tendencia.
Así que no, Bad Bunny no es el anticristo. Es el espejo incómodo donde muchos ven que el mundo siguió caminando sin consultarles. El fin del mundo, si llega, no va a venir por una canción con bajo pesado ni por una chaqueta imposible. Va a venir porque convertimos cada cosa que no entendemos en batalla final. Y ahí sí estamos fritos, porque la humanidad puede sobrevivir a un concierto, pero no sé si aguante otra sobremesa con alguien explicando que la juventud se perdió por culpa de un cantante con gafas.



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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