En la política digital ya no basta con mentir; ahora hay que hacerlo con producción ejecutiva. Lo publicado por el sitio elciudadano.com gira alrededor de Fernando Cerimedo, un nombre que aparece ligado a la campaña contra la nueva Constitución de Chile y, más incómodo todavía, a la admisión de su papel en el uso de trolls para influir en la conversación pública. La escena ocurre en Chile, pero el método viaja mejor que muchos ministros: cuentas falsas, ruido coordinado y la vieja esperanza de que la repetición se confunda con verdad. Una maravilla industrial. De las peores.
El asunto importa por algo muy simple y muy deprimente: cuando alguien reconoce que hubo una operación de este tipo, deja de ser un rumor de sobremesa y se convierte en el retrato de una época. No estamos hablando de simpatizantes entusiastas escribiendo con furia; estamos hablando de ingeniería de percepción. Trolls, para quien aún conserve algo de inocencia, son cuentas o perfiles que no discuten para convencer, sino para ensuciar, desviar, cansar o fingir mayoría. La democracia ya era frágil; ahora además tiene astillas en el teclado. Qué detalle.
La nueva Constitución chilena, recordemos, no era un meme pasajero ni una discusión decorativa: tocaba la arquitectura política del país. Por eso el uso de redes para inclinar la balanza no es un capricho de campaña, sino una forma bastante vulgar de intervenir en una decisión colectiva. Y el truco siempre es el mismo: disfrazar estrategia de espontaneidad. Como ponerle corbata a un matón y venderlo como consultor. Muy siglo XXI. Muy elegante. Muy miserable.
Cerimedo no es el problema único, claro, porque estos personajes rara vez trabajan solos y casi nunca por amor al arte. Lo suyo suele ser más bien una combinación de marketing político, plataformas ansiosas por vender alcance y clientes que quieren ganar sin que se note demasiado el olor a taller clandestino. La democracia en internet funciona así: se proclama abierta, pero luego se alquilan megáfonos, se compran impulsos y se cruzan los dedos. El detalle más gracioso es que todos juran odiar la manipulación mientras hacen fila para encargarla.
Hay una verdad incómoda aquí que no necesita maquillaje: gran parte de la conversación pública ya se diseña para parecer natural. Natural, sí, como un árbol de plástico en una sala de espera. Las campañas no solo buscan persuadir; buscan simular clima social. Si una idea no prende, se le fabrica calor. Si un candidato no entusiasma, se le inventa coro. Si falta respaldo, se imprime en serie. Y luego se finge sorpresa cuando la plaza digital huele a aerosol y desesperación.
El caso también deja otro síntoma de época: la obsesión por convertir cualquier causa en guerra de percepción. Ya no se debate tanto el contenido de una propuesta como la logística del escándalo que la rodea. Así terminamos midiendo la política como si fuera una marca de refresco: quién logra dominar la pantalla, quién aparece más veces, quién consigue el zumbido correcto en el momento adecuado. Un circo con métricas. Un circo con presupuesto. Un circo con demasiados consultores y muy poca vergüenza.
Y lo peor es que la trampa funciona porque se apoya en una debilidad humana básica: la gente confunde volumen con legitimidad. Si algo aparece veinte veces en X, Facebook o donde toque el zoológico hoy, muchos lo leen como si el país entero lo estuviera diciendo. No, querido lector: a veces solo lo dicen veinte cuentas aburridas, dos estrategas con ego y un cliente que cree que la realidad se compra por paquetes. Una fantasía cara. Bastante ridícula. Bastante común.
Por eso este episodio no debería leerse como una rareza chilena ni como una nota aislada sobre un operador demasiado confiado. Lo publicado apunta a una forma de hacer política que se está volviendo tan rutinaria que ya casi no escandaliza. Y ese es el verdadero desastre. Cuando la manipulación entra por la puerta principal, el resto de la casa empieza a oler a mentira administrada. Después nos preguntamos por qué la gente desconfía de todo. Pues porque le han servido propaganda con guarnición de descaro.



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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