Elon Musk volvió a hacer lo que mejor le sale cuando no está vendiendo promesas orbitales: decir una barbaridad con traje de opinión y dejar que el resto del planeta haga el trabajo sucio de la indignación. Lo publicado indica que soltó eso de que Instagram es “para chicas”, una frase que no merece análisis académico sino una silla incómoda, una mirada larga y el silencio que se reserva para las tonterías con presupuesto.
La reacción fue la coreografía habitual. Gente ofendida, gente defendiendo lo indefendible, gente fingiendo que el problema era “el contexto” cuando el problema era el comentario. Internet ama ese momento porque le da una excusa para actuar como tribunal, aunque la mayoría esté ahí por la misma razón que todos: mirar el accidente sin admitir que bajó la velocidad para verlo mejor.
Instagram, desde luego, no es “para chicas”. Tampoco es para nada noble ni particularmente profundo. Es una vitrina donde se vende autoestima en cuotas, turismo emocional, comidas mejor iluminadas de lo que merecen y una versión retocada de la vida que casi nunca resiste la luz de cocina. La plataforma no revela la realidad: la maquilla hasta que se comporte. Y luego cobra por ello.
Musk, que parece especializado en hablar como si cada frase tuviera que salir con humo, vuelve a vender la misma mercancía de siempre: provocación con camisa de genio. Un día juega a libertario cósmico, al siguiente a enfant terrible con chequera. La diferencia entre ambos personajes es mínima. Uno quiere colonizar Marte. El otro quiere colonizar el ciclo de noticias. Ambos confían demasiado en que el ruido cuenta como pensamiento. No cuenta. Nunca ha contado.
Lo más patético es que la economía de la atención sigue premiando esta basura con una eficacia casi industrial. Se lanza una frase torpe, el algoritmo la empuja, los medios la replican, los usuarios se pelean y el personaje sale reforzado porque consiguió lo único que buscaba: visibilidad gratis. Es una estafa simple. Muy vieja. Muy rentable. Muy humana, por desgracia.
Hay una verdad incómoda aquí: a demasiada gente le encanta la provocación mientras pueda consumirla a distancia y luego posar como víctima del escándalo. El espectáculo de la moral ofendida es, a menudo, otra forma de entretenimiento. Todos quieren parecer lúcidos, pero casi nadie renuncia a la bronca que le da clics, conversación y ese pequeño placer de sentir que uno está por encima del resto. Qué delicia más miserable.
También conviene decirlo sin anestesia: cuando un multimillonario abre la boca para encender una discusión sobre género, estética o plataformas, rara vez está iluminando nada. Está empujando una distracción. La gran habilidad de cierta élite digital consiste en convertir cualquier frase floja en mercancía polémica. Si el negocio es vender atención, la ofensa sale más barata que la inteligencia y deja mejor margen. Así de elegante es la era.
En el fondo, Instagram no quedó retratado como “para chicas”. Quedó retratado como lo que es: una máquina de apariencia, una feria de vanidades con filtro sepia y un escaparate donde todos quieren verse más deseables, más exitosos y menos humanos. Musk, por su parte, quedó retratado como el adulto que aún cree que tirar fósforos al piso lo vuelve interesante. No lo vuelve. Lo vuelve predecible. Y eso es peor.
Si alguien quiere una lectura útil de esta pequeña explosión de ego, que sea esta: no regales solemnidad a quien vive de la rabieta pública. La próxima vez que un magnate lance una frase incendiaria, conviene recordar que a veces no está diciendo algo importante. A veces solo está pidiendo aplauso con modales de chatarra. El truco es tan viejo como el ruido. Arturo Isturiz



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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